"Antes de la literatura" sería la confesión, o iletrado alegato, que dio título a una colección de breves textos nacidos de una necesidad vital, más terapéutica que artística. A modo de grito iniciático (o prosa poética de autoayuda) en estas piezas se buscaba identificar (antes que expresar) las sensaciones, emociones y pensamientos que acompañaron y dieron oxígeno a alguien que se debatía entre la vida y la no vida, alguien que transitó de una juventud más o menos intensa a la decadente paz de un escritorio noventero, exclusivo refugio de su conciencia.
Y para ello (digamos, ese afán por captar con nitidez pre mortem lo que asoma y se deshace en nuestro interior) todo valía. Desde el nanorrelato a la ilusión poética, desde el ensayo más árido por entregas a la salvaje crónica imaginaria, desde la escritura automática insolente a los nobles juegos de sonido, ritmo y expectativa, desde la influencia del cine a la constante presencia de la música, el alcohol y el silencio. El hogar, Londres, el amor, la metafísica o el frenesí generacional fueron algunos de los temas que condujeron este desordenado e irónico recorrido vital a lo largo de varias décadas y de un (ya se puede decir bien alto y desgraciado) fraudulento cambio de siglo.