domingo, 4 de octubre de 2026

LA HUMILDE AGONÍA

O una elegía al tímido humanismo de uno mismo o un viaje ahogado a los rescoldos del brit pop por decir algo sencillo, lo cierto es que la humilde agonía se reveló, a la vuelta, como el espigón soñado de una escena que sobrevive unos segundos casi eternos (con un desenlace sin sonido) al final de su leitmotiv (sin duda un temazo difícil de rematar). Como epígono de un verano proyectado o inventado, revisitado y reventado hasta la necedad por honesta necesidad. 

Las palabras de 1998 no solo fueron esas pequeñas brumas delatoras de un inmigrante que camina meditabundo y no se ve presente, sino heroicas rimas con sedantes imágenes para el día de nuestra muerte. Sí, la fe del desdoblamiento vital, la inagotable realidad de los tiempos, el incesante hallazgo existencial de la memoria productiva, todas esas entidades encuentran un sincronizado y humilde final como el de una marcha procesional sometida a un orden superior y cruel: todos los yoes apagados por la piel que retumba, solo un golpe atronador sin repercusión alguna en la historia del mundo.